HOLANDA CASTRO

Pensando sobre cuál cuento puede hablarnos de tradiciones decembrinas, recordé un librito en mi infancia, que ya era antiguo entonces, con unas primorosas ilustraciones y unos muy particulares cuentos de navidad. Llamé a mi tío para preguntarle si lo recordaba (él es mi flash memory humana) y sí, lo tenía presente, pero nos fue imposible contar el cuento completo que me intrigaba, y mucho menos recuperar el libro.

Así quedé, solo con la imagen de un cuento contextualizado en la Primera Guerra Mundial, en un hospital de soldados heridos, en el que un médico fungió de “Father Christmas” (en esa época, “Santa” no era tan popular) para alegrarles un poco la estadía durante la nevada, la soledad, el dolor y la desolación.

Me remití a “Canción de Navidad” de Charles Dickens, y allí la generosidad plasmada en Santa, o el Niño Jesús, en Venezuela, la reveló el anciano déspota y avaro Scrooge, convertido: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”.

Seguí buscando, en el duro y nada complaciente cuento de José Rafael Pocaterra, la “verdadera” tradición de la navidad, y me encontré con un niño de la calle, Panchito Mandefuá, ese al que solo el Niño Jesús le tuvo compasión al invitarlo a cenar en esos días de barullo generalizado.

Hay que tener mucho cuidado en no convertirnos en Scrooge o en el gentío que rodeaba a Panchito. La navidad se vuelve un disfraz más entre las fantasías de las tradiciones y el juego con los niños. Así podemos olvidar que la solidaridad, el reconocimiento de la oportunidad en, incluso, la situación más adversa, como nacer en un establo, y honrar los ciclos, es una de las verdades interiores que toca desarrollar.

El cuento más añejo nos habla de una diosa pariendo el nuevo ciclo, el nuevo sol, que había muerto al final del otoño. Los antiguos colocaron luces en los árboles para iluminar la oscuridad del espíritu y los deseos de renacimiento, para fortalecerse y recuperar la fe en que el próximo año resplandecería de nuevo el sol y habría despertares y recomienzos. Para ello, se calentaban mutuamente con la mejor de las energías, la del amor.

En la noche más larga del año, no olvides que la luz está en ti y renace en nosotros con esperanza, que es verde como los árboles de hoja perenne, esos que, sin saber por qué, compramos tan caro para poner en la sala. Honra el justo valor del tronco y la naturaleza a través de tu pino de navidad.

Ellos, los ancestros, decían ¡Bienvenido Dios del Sol que siempre retornas! ¡Salve Madre de todo!

Yo les deseo que su círculo familiar sea bendecido con todos los dones, en especial el de la visión y la empatía. Felices fiestas.

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