por HOLANDA CASTRO

¿Sabías que existen más de cincuenta versiones de La Cenicienta en la tradición europea? Cinderella, o cenicienta, en efecto es un tópico eterno, en el que aprendemos que el amor solo surge de nuestro propio reconocimiento.

La versión más conocida, indica que Cenicienta pasó una vida de penurias a mano de sus hermanastras y madrastra, y que un príncipe y un hada madrina lograron sacarla de su situación. Disney lo lleva más allá: la belleza y gracia de Cenicienta la salvaron, se supone que lo bello está relacionado con lo sabio y bondadoso, frutos que se verán después del cartelito de The End.

Pero en versiones antiguas, especialmente las de Basile y los Grimm, Cenicienta debe hacer un trabajo interior de perdón y conocimiento propio: cultivar un árbol –mágico, por supuesto- con elementos de oro, que su padre le trae de un viaje exótico. Para ese viaje, sus hijastras habían pedido vestidos y frivolidades, mientras la hija solo pidió una bendición de las hadas.

Simbólicamente, el cuidado de la naturaleza tiene que ver con el autocuidado de la mujer, el cual debe hacerse constantemente, no importa las condiciones exteriores. En otra versión, la de los hermanos Grimm, Cenicienta siembra el árbol sobre la tumba de su madre y lo riega con lágrimas, símbolo del pasado y del dolor que hace crecer.

Así, al florecer el árbol, aparece, surge, el hada madrina que todos conocemos, que la consuela y le concede su único deseo: escapar del maltrato. Pero el camino que toma el hada es enrevesado, le da vestidos y carruaje un día para asistir a una fiesta real, en la que además se encontraban sus hermanastras… el resto, ya lo conocemos.

El cuento nos enseña no que el amor de un príncipe o rey externo a nosotras, nos salve, sino que la autoestima y el trabajo interno nos prepara para encontrar la armonía.

Esto me hace pensar en el símbolo del amor: el corazón, el centro energético del amor y la maternidad. Para amar y crecer, debemos tener atributos maternales, empezando por acunarnos a nosotras mismas. El zapato nos indica la necesidad de mantenernos en tierra, drenando y movilizándonos siempre, pero aceptando ayuda y reconocimiento.

Es decir, perdonándonos, aún cuando todo el mundo nos diga lo contrario.

Cuida tus zapatos… cuida tu corazón y tu centro

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