Mi princesa Disney favorita es Rapunzel. Hay algo que me fascina de la versión del 2010 y, debo confesarlo, es lo seductor del personaje Flynn Rider, la locura del amor adolescente y por supuesto, lo vivaz de la princesa, que no muestra para nada la sumisión del cuento tradicional. Y es que este cuento habla sobre la sexualidad adolescente y el “pánico” que suscita en los padres.

La iniciación sexual es el segundo portal de sabiduría de la mujer, precedido por la ciclicidad menstrual, siguiendo a mi querida amiga y maestra Myriam Wigutov. Ambos portales generan temor y silencio, como todo lo sagrado, pero no debemos dejar que esta situación natural se torne insana.

Madre Gothel, nos guste o no, es la madre de Rapunzel, y, por lo que se ve, la crianza no ha sido tan tenebrosa como le tocó a Cenicienta. Gothel, cercenadora y posesiva, pendiente solo de su eterna juventud y apariencia, muestra también en su posesividad esa mala costumbre que tenemos algunas mamás de decir “solo yo sé lo que te conviene y dirijo tu vida”.

En los mitos griegos, la historia de una princesa cautiva por su padre en una torre equivale a la de Dánae, madre de Perseo. Zeus llegó a ella como lluvia de oro, en una metáfora de lo indetenible del amor y el deseo y, según la mentalidad griega, el destino.

En el cuento de los Grimm, Rapunzel, efectivamente, es encerrada a los 12 años por la bruja –que la había criado desde bebé-, edad correspondiente con la primera menstruación en términos generales. Esa torre, se supone, la protegería de la experiencia romántica, pero sabemos que un príncipe se enteró de la existencia de la chica, se enamoró, subió muchas veces a la torre y Rapunzel quedó embarazada.

Desde luego, uno de los mayores temores de muchas familias, embarazo adolescente, se cumplió, y a partir de allí se generó un ciclo de destierro y dolor para los dos enamorados y para los bebés que nacieron, hasta que se reencuentran en un final feliz. Historia dolorosa, pero aún común en nuestros días.

Quizá lo que más me atrae es que en la versión de Disney el par de chicos se conocen, crean un vínculo de amistad y complicidad, se respetan y se enamoran, no es ese idilio mágico e irreal basado en la carencia –Sirenita, por ejemplo-, que es lo que realmente podemos prevenir cuando hacemos de la crianza respetuosa un plan concreto.

Y… pues sí, los adolescentes se enamoran, desean, se unen, sufren y gozan. Es irremediable, y es hermoso. Pero eso es parte de otro cuento.

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