Si mis amigos y familiares leen este artículo se reirán de mi pretensión de vivir según el Movimiento Slow Life. Pero créanme, he identificado lo sano que es y las oportunidades que ha traído a mi vida cuando lo he transitado. Aunque mantengo rutinas neuróticas que me hacen creer que soy eficiente para lo cotidiano, la maternidad me ha enseñado a postergar, ralentizar y hasta procrastinar eventos que en otros momentos me parecían importantísimos.

Por allí se escucha la existencia de cosas importantes y cosas urgentes. Lo urgente, al ser madres, es mantener la vida: el llanto del bebé, el pedido de agua, de comida, de contacto. Lo importante: establecer pactos, rutinas y cuidar de sí misma. Suena fácil discernir las cosas de esta manera, pero el manejo del tiempo es una tarea pendiente para gran parte de nosotros.

Lo urgente llama a la vida, no al desgaste, pero entendemos lo segundo. Lo que consideramos urgente en la vida diaria no tiene que ver con el mantenimiento de procesos vitales sino más bien de necesidades creadas alrededor de otros esquemas. El slow life llama a no disgregar los momentos de la vida y colocarlos en su justo nivel, o sea, darles su tiempo. Según su manifiesto: “Hacer varias tareas a la vez es no hacer ninguna bien”.

Hay indicadores interesantes que pueden hacernos mover hacia una vida más lenta, uno es el “Síndrome de la pérdida de llaves”, es un índice de cómo agregas estrés e ineficiencia a las cosas que hacer solo por ir demasiado rápido, poner freno se hace necesario. 

Las autoras Susan Sachs Lipman y Christine Hohlbaum hablan de una vida en general, más lenta, y de cómo apoyaría a los niños y adolescentes. Hace tiempo seguía el blog Zen Family Habits y a su autor, Leo Babauta, un compendio de descubrimiento y fervor.

Mientras, Get Born Magazine se interesa con mayor profundidad en la maternidad lenta, que no es exactamente lo mismo, pues hablaría de las cosas que acorralan a una mujer en su cotidianidad y la llevan a ese indiferenciado y perenne cansancio que parece estar presente en todos los relatos de la vida actual.

Sin embargo, el “movimiento” está en plena definición, y he reflexionado acerca de unos Portales inevitables que llevan al pasillo de la maternidad lenta: 

Amamantar por ejemplo, es un reto al tiempo. Cada niño tiene su propio código para amamantar, y al vivir con él todas las consejas y prejuicios de familiares y médicos quedan sin efecto: quererse no tiene horario ni fecha en el calendario.

Una madre tiene que dormir. El ritmo natural de sueño de los bebés no replica los mismos ciclos nuestros hasta cierta edad. Prepararse para NO dormir, no es opción. Podemos sobrevivir sin comer, pero no sin dormir.

Tampoco sobrevivimos sin agua. Tomar agua requiere conciencia del cuerpo, antes de la sed. Y luego interrumpir a buscar el vaso o el termo, aunque lo tengas al lado del laptop, es un receso que es muy conveniente hacer conscientemente.

Adelgazar. El cuerpo puede tomarse su tiempo y retornar al peso saludable, podemos ver durante un tiempo, que las dietas y ejercicios no funcionan, hasta que mágicamente un día, sin condiciones médicas desde luego, el cuerpo empieza a empequeñecerse y responder mejor a las rutinas de alimentación y ejercicio.

Amarse. Para aceptarse hay que conocerse, y perdonarse. Es un trabajo de idas y vueltas, con amigos, terapeutas posiblemente, pero sobre todo, con el feedback del hijo (y de la pareja). El pasado, el presente y el futuro se imbrican cuando tomas la decisión de perdonarte y tenerte PACIENCIA.

Hoy tuve una reunión en un parque. Mi contraparte entendió que mi hijo no se sentía bien en la oficina. Es un chico muy físico y enérgico, así que mientras él pateaba el balón nosotras caminábamos discutiendo aspectos conceptuales y logísticos acerca de lo que estábamos programando. En un momento notamos que el sol estaba tibio, y que había florecitas moradas. Seguimos sin problema la disquisición. Solo faltó Mozart.

Voy iniciando el camino…

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