HOLANDA CASTRO

¿Hasta cuándo jugamos con muñecas?

Muchas hemos vivido la maternidad como un túnel o caverna de donde sales más sabia y empoderada. Hemos tenido la oportunidad de crecer (ciertamente a través del dolor, el babyblues, la depresión postparto o la angustia por la sorpresa de la nueva maternidad) y encarar la vida, no solo la crianza, con una nueva conciencia.

Según Myriam Wigutov la mujer atraviesa cinco portales iniciáticos que le hacen comprender y co-crear su vida. Estos son la primera menstruación, la primera relación sexual, la menstruación mensual, la maternidad y la menopausia. Cada uno de ellos posee rituales de paso si los tomamos de manera sana, pero lastimosamente, en nuestra sociedad se medicalizan, se adormecen.

Cada cierto tiempo la vida nos anima a crecer y nos presenta el examen para pasar de grado. Eso hacen los portales. Queda de nuestra parte trabajar la conciencia y la intuición para poder pasar las pruebas, con todo el esfuerzo que eso implique. O repetirlas, simplemente.

Vale la pena preguntarse qué pasa con la iniciación de la mujer que representa cada portal. En el caso de la maternidad, sería bueno indagar dentro de nosotras para qué la vida dio la oportunidad de ser madre, en las circunstancias que fuese, y cuál es el conocimiento trascendental en ello. Y es que la maternidad no se trata solo de reproducir mano de obra para la sociedad, se trata de hacerla avanzar y realizar los altos dones de la creatividad.

El adormecimiento cultural y médico del puerperio, el no aceptar que todo lo que pasa es “anormal”, nuevo pellejo, conciencia expandida, muerte de una era y nacimiento de otra con la necesidad de su elaboración ritual, nos lleva a ser madres débiles, insanas, “deprimidas”… en suma, pequeñas, como niñas que se quedan a la sombra del portal.

Al principio hablaba de caverna. Lo admitamos o no, corramos a refugiarnos en el apoyo externo o en la crianza del desapego, ese túnel nos contiene –o nos atrapa-, nos prepara para un renacimiento.

En definitiva… Queda de nuestra parte vivir la maternidad en el fuego fatuo del olvido o atravesar hacia la iluminación.

Eso me remite al mito de Perséfone. Perséfone fue la diosa griega que representaba la doncellez. Siempre estaba con su madre, Demeter, la nutricia. El planeta entero dependía de Démeter para vivir ¿cómo crees que la veía entonces Perséfone? Madre gigante, inigualable, insuperable. Perséfone era la hija dependiente que idolatraba y necesitaba a su mamá, como todos nosotros lo hemos sido alguna vez, hasta que le tocó a ella ser adulta también.

De alguna manera, la adultez de Perséfone se postergó, por lo que el destino actuó descomunalmente. El dios del inframundo (sí, de los túneles, lo subterráneo, las cavernas, las profundidades) Hades, la raptó, la forzó y la convirtió en señora del infierno. Debido a la ira de Demeter, que amenazó con desnutrir el mundo, Hades devolvió a la princesa.

El final feliz de la historia es que Perséfone pasaría 6 meses dando alegría y paz a la tierra, junto a su madre, y los otros seis con su esposo, en las penumbras, como reina ahora y no doncella llorona, administrando los misterios del insconsciente. De hecho, los ritos dedicados a ella y su madre fueron los más ocultos y poderosos practicados en la antigüedad.

Impresionante y larga la historia… pero ¿qué tiene que ver con la maternidad? Si hemos saltado los rituales iniciáticos, si por alguna razón hemos desenfocado nuestro proceso de crecimiento espiritual, nos hemos dejado llevar por algunas vicisitudes de la vida (porque crecemos en espiral, no en línea recta, y los bajones son permitidos y normales) y pretendemos que la maternidad sea un proceso glamoroso y fácil, Hades aparecerá.

Infinitas dudas, desazones, desconfianzas aparecen durante el posparto y la crianza. Entre madres pueden escucharse deseos de correr, escapar, cerrar los ojos, todos válidos. Somos en ese momento las niñas raptadas que empiezan a hacerse adultas, a preguntarse por su poder y a buscarlo, a veces en contra de nuestro entorno más cercano que nos quiere mantener pequeñas, como bonsáis.

Ser Madre te enseña a ser Reina. Ser madre te obliga a sobreponerte al papel de hija, a hablar de igual a igual con el mundo. Muchas veces nuestra madre es opositora y sabelotodo, otras es comprensiva y gran compañera, otras veces vemos en un ente abstracto como “la sociedad” al gran saboteador de nuestro desarrollo como mujeres o de nuestra crianza, y en otras aún pensamos que nuestro bebé está para ser mostrado y complacernos. Todo ello son imágenes que posponen mi plenitud como individuo, como reina. Pero están en mí, yo decido si ceder mi poder.

La primavera de la maternidad acontece cuando concientizo que las muñecas son un lindo adorno del pasado. Y allí empieza una nueva adultez, una nueva vida.

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