por Anaiz Quevedo

Puedo imaginar la cara de muchas mujeres al leer esto y decir: “¡Ok, ahora resulta que el hombre está excluido, no me digas! ¿Y los siglos de maltrato a la mujer, atropellos y anulación? ¿Dónde quedan?” Me atrevo a colocar estas preguntas porque son las mismas que se generan en algunos talleres, consultas privadas, cada vez menos, pero están allí latentes, reflejando un gran molestia y dolor. Y es justamente este dolor, este ciclo abierto lo que ha traído la exclusión del hombre.

Les compartiré un testimonio:

“Tengo cuarenta años. Y hoy me cayó la locha (logré comprender). He excluido a mi padre. Lo ignoré, porque no fue, según mi criterio de perfección, el padre ideal. Hoy entendí que su única misión para conmigo era darme la vida. Y como no lo tenía consciente, sino que lo comparé con mi ideal de excelencia de padre, no lo quise ver. Así que hice mi vida sin él. Como si no existiera, molesta, brava, no tuve la suficiente humildad para darme cuenta de que lo llevaba en el ADN, y que inevitablemente me reía como él.

Hoy ya no está físicamente para darle las gracias por el gran regalo que me ha legado. Por la fuerza tan grande que él heredó de sus antepasados y que en el mayor gesto de amor me legó a mí. ¡Su maravillosa memoria genética! Cuántas veces lo juzgué por no hacer las cosas a mi manera, cuántas veces intenté quebrantar el orden del amor diciéndole lo que él debía hacer. Qué arrogancia la mía queriendo enseñar a mi padre cuando él lo hacía de la mejor manera que sabía y podía y así fue perfecto para mí. Aunque no pueda abrazarlo físicamente, sé que en algún espacio espiritual debe estar sonriendo, porque por fin su hija lo ha podido mirar como el más grande”.

¿Cuántas de nosotras presas de la rabia ha excluido al hombre en su vida? Los excluimos cuando los arrollamos o devolvemos en venganza la rabia multiplicada; cuando los anulamos o no nos ponemos en sus zapatos; cuando los controlamos. No somos capaces de ver su vulnerabilidad, y caemos en la trampa del ego al pensar que nacieron para ser únicamente proveedores. Cuántas hijas ignoran a su padre, cuántas mujeres maltratan silenciosamente a sus parejas. Cuántas se casan buscando a un padre y no aman al hombre que realmente está allí para ellas. Cuántas señalamos al otro cuando quienes no estamos disponibles somos nosotras.

¿Cuántas hemos pensado en los hombres que fueron a los frentes de batalla en protección a sus mujeres? ¿Cuántos hombres se quedaban en barcos que se hundían? ¿Cuántos hombres migraron en busca de mejores horizontes? ¿Cuántos hombres sufren por no poder ver diariamente a sus hijos tras un divorcio? ¿Has pensado en ese dolor? ¿O solo te has concentrado en el tuyo?

Ese hombre que tanto señalas, también pertenece. Nadie te pide que ahora no sientas rabia. Pero prueba a repetir dentro de ti, “también perteneces. Te veo”.

 

Únete al taller con Anaíz “Criando ¿sin papá?” y empecemos a construir la familia desde una mirada alternativa.

Imagen: Johan Bavman

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